El miedo de la ausencia

A menudo me preguntan porque solo escribo historias de amor. A veces objeto que eso no es cierto, pero al final he de acabar reconociendo que si bien el adverbio “siempre” puede llegar a resultar exagerado, si que tengo una querencia a contar historias que de una u otra manera tienen que ver con el amor. Pero claro, amores hay de muchos tipos. No voy a caer en el simplismo de diferenciar entre el amor romántico y la pura amistad. No, yo creo que hay muchas clases de amor, quizás tantas como personas que aman y también tantas como personas amadas. Por eso, hoy quiero hablaros de una persona muy especial para mi. Se trata de una mujer a la que conocí en una cena dónde había mucha más gente. Ella era una amiga común de un gran amigo mío, y supongo que la casualidad quiso que aquella noche nos sentáramos el uno al lado del otro. Ya en ese primer contacto conectamos de una manera muy evidente. Hay un millón de motivos para justificar esa conexión, pero para mi el más importante fue el sentido del humor. Aquella misma noche me enteré de que era muchísimo más joven que yo. Me sorprendió enormemente, y no porque su físico indicase otra cosa, sino que su forma de comportarse incitaba a pensar que te encontrabas ante una persona mucho más madura. Luego mirándola bien, uno se daba cuenta de que tras esa mirada penetrante estaba el brillo de una joven atractiva que no hacía mucho que estrenaba la veintena.

Nuestra amistad se fue consolidando paulatinamente de una manera natural y nada forzada. Hubo grandes momentos como cuando cantamos juntos un desatado I Want to Break Free en un escenario de una calle abarrotada de Gracia durante su fiesta mayor. O la noche que se nos fue la mano con los cócteles en el Balius y no podíamos parar de reir…

No me olvidaré de ese día nunca porque nos confirmó que marchaba a Paraguay para hacer de misionera. De algún modo me disgustó, porque sabía lo muchísimo que la iba a extrañar, pero por otro lado sabía que una persona de su calidad humana necesitaba entregarse en cuerpo y alma a ayudar a gente que necesitaba de su calidez, de sus palabras, de sus consejos, de su comprensión y de sus manos.

Tuve la suerte de despedirme de ella de una manera íntima y personal poco antes de que marchara. Conversamos varias horas de lo divino y de lo humano, y yo no veía la hora de irme de su lado. Pocas veces en la vida alguien me ha tocado tanto este maltrecho corazón. Al despedirnos nos fundimos en un eterno abrazo. Sí, amo a Miriam, sin etiquetas, sin prejuicios y sin pretensiones, porque si la conoces no tienes otra opción que amarla, como ama un hermano, como ama un amigo, como ama un padre que nunca tendrá hijos, como ama el que la mira y siente que sin ella, este mundo es infinitamente peor.

Hoy venían en las noticias terribles noticias de Paraguay. El país está en caos y la situación apunta a palabras que ni quiero pronunciar. Ella no es mi única conexión con Paraguay. Se bien como suena el Guaraní y adoro comer Chipa Guasú, pero no quiero poner las noticias ni abrir las webs de los periódicos para no asustarme más de lo que ya estoy. Esta noche fui a cenar al restaurante de mis amigos Paraguayos. Arrastré hasta allí a dos amigas solo para charlar un rato con ellos y tener noticias de primera mano de como está la situación. No me gustó lo que escuché. Miriam nos ha mandado mensajes tranquilizándonos, contándonos que ella está en una zona muy tranquila y que no corre ningún peligro. Le he mandado algún mensaje exhortándola para que vuelva. Aquí andamos justos de gente como ella. Imagino que allí también y que por eso no se ha vuelto. Yo soy muy egoísta y la quiero aquí, a mi lado y aunque sepa que allí la necesitan más no puedo sino que desear verla aparecer por la puerta de llegadas del aeropuerto de El Prat. Miriam, te echo…te echamos tanto de menos… No solo nuestros pensamientos y oraciones están constantemente contigo, sino que lo están con todo Paraguay.

Solo me queda despedirme esperando que las aguas se calmen y que vuelvas a casa sana y salva cada día. Sobre tu vuelta, se que he de ser paciente y alentarte para que estés donde debes estar. Se que lo harás mejor que bien. Ya lo sabes, tenemos que volver a cantar hasta que no nos quede más voz. Aquí te espero…

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