Mr. Brightside

Estaba amaneciendo. Aún estaba bastante oscuro, pero llevaba las gafas de sol puestas. La barba de tres días no era un recurso estilístico y denotaba que hacía tres días que no pasaba por casa. La ropa que llevaba tampoco era mía. Recliné el respaldo del asiento del coche y medité sobre lo ocurrido mientras apuraba el último peta de la noche, o quizás, el primero de la mañana. Bajé del coche apagando la tacha con la punta del zapato y comencé a caminar calle Marina abajo. Fue fácil encontrar un bar abierto. No era el Flamingo’s pero sería suficiente para un lomo con queso y una cerveza.

Hacía escasos dos meses estaba al otro lado del Tibidabo en casa de mi ex. Estuvimos todo el día escuchando una canción de Estopa sin salir de la habitación mientras ella discutía conmigo. Yo no entendía nada de lo que estaba pasando. Por aquellos entonces yo era un proyecto de padre de familia, con traje y corbata y regalitos en cumpleaños y días de navidad. Comida en casa de los suegros los domingos, planes de boda, y un trabajo estable nada más salir de la facultad. Recuerdo que el día de antes estuvimos mirando electrodomésticos para un piso que aún no teníamos, pero que al parecer deberíamos querer tener. Supongo que todos tenemos nuestros modelos y patrones en la vida y para mi, en aquel momento, así es como debía ser todo…

Esa noche acabó con llanto, despedida de la familia política, salida apresurada con el coche tras un hasta nunca que no era una expresión de despecho, sino una firme declaración de intenciones. Costó cumplirlo. Con el tiempo las frases sin sentido de aquella tarde de Octubre se vestían con hechos que hasta el momento eran desconocidos por mi. La verdad es que era irrelevante que ella ya estuviera saliendo con otro tipo antes de dejarlo, y la verdad es que era irrelevante que el tipo en cuestión fuera amigo mío, porque sin lugar a dudas, no lo era tanto. Lo relevante en toda aquella historia era el proceso que me había llevado, sin darme cuenta, durante los 5 años que duró aquella relación a ser el hombre del traje gris.

Y fue dura la caida. En los días sucesivos no paré de llorar ni un instante hasta que dejaron de caer las lágrimas por pura deshidratación. Me dio rabia llorar tanto. No había llorado tanto ni cuando murió mi madre. y lloraba…¿por ella? Ahora se que no, pero entonces creía que si. Estaba oficialmente hundido en la miseria y los amigos a los que di la espalda por estar con ella vinieron a buscarme, y me obligaron a salir de la cueva. Y lo hicieron a lo grande. Lo primero que hizo una vieja amiga fue llevarme a comprar ropa. Y no, no fuimos a Adolfo Domínguez a comprar trajes y camisas… Recuerdo que el volver a entrar en las calles del Raval con toda el bullicio y los olores a orín por las esquinas fue algo que me devolvió a la adolescencia. Había comprado ropa oscura, para hacer cosas oscuras en lugares oscuros.

La cosa es que me insistían en salir de noche y yo me negaba en rotundo. Estaba muy viejuno y acepté a regañadientes en salir a cenar y tomar una copa. La cosa es que como bien sabeis, por mucho que una cabra haya sido domesticada, y lleve desde pequeñita confinada en una granja, al final, va a acabar tirando al monte a la mínima que pueda. Y que fácil fue… De repente estaba encadenando porros y y Jack’s con hielo, como si no hubiera un mañana. Llevaba cinco años de retraso y no estábamos allí para perder el tiempo. La música me elevaba y el sabor del humo del hachís llenaba mis pulmones, transmitiendo por mis alveolos a mis globulitos rojos la particula de la tranquilidad a fin de que anestesiara mi cerebro y se llevasen el recuerdo de las anodinas tardes de sábado jugando al parchís.

Sin solución de continuidad alguna, me sacaron a rastras de aquel bar de cuyo nombre no puedo acordarme y me metieron en Razz. Solo decir que la última vez que entré en aquella sala no se llamaba así. La música tampoco era igual, y las camareras no eran las mismas. Los Dj estaban elevados como dueños de la noche que era mientras enlazaban temas desconocidos para mi, sin excepción. Había llegado a tener en el CD del coche hasta lo último de Andy y Lucas. No tenía ni idea de quienes eran Muse, Franz Ferdinand, The Strokes, The White Stripes… ni mucho menos como sonaban canciones como Dakota o Take me out. Todo era nuevo para mi. La sala estaba completamente llena de gente, pero con la suficiente holgura para poder hacer algo parecido a bailar. Intenté bailar, lo juro que lo intenté. Pero no podía. Me quedé quieto en mitad de la pista. En mi mente estaba aquella tarde de Septiembre cuando fui a buscarla a la facultad con una rosa en la mano. Y también estaba el primer beso que os dimos mientras bailábamos una lenta los dos solos en el salón de su casa. También me acuerdaba de las tardes de sexo en su cama pequeña y la vez que nos cargamos el cabezal de la cama de sus padres. y recordaba su mirada, triste, diciéndome “tenemos que hablar”…

Mi estado catatónico se vio interrumpido bruscamente por un guantazo. Me miró y me dijo solo dos palabras: “Se acabó”. Me cogió de la mano y me llevo a un lateral y contra la pared, me acarició la cara y me besó. Ella era una chica rubia, delgada y guapa. De esas que todo el mundo mira. De esas que nadie recomienda. Tenía los ojos azules y sabía a mar. Los Dj’s habian puesto a The Killers, en concreto el tema era Mr. Brightside. Fue mucho más que un beso.

Al salir del bar ya era de día. Me dirigí hacia el coche y recoloqué el asiento para emprender el camino a casa. Iba con las ventanillas bajadas fumandome un cigarro. Encendí el cd y empezó a sonar Andy y Lucas. Le di al botón de expulsar y arrojé el Cd por la ventana.

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