La chica de los ojos marrones

Me vais a permitir que hoy os cuente una antihistoria de amor, de esas que a mi me gustan tanto. Pasó hace bastante tiempo, en La Ciudad Sin Ley, poco antes de que Cobi llegara a nuestras vidas. El escenario eran calles a medio asfaltar, jardineras con plantas que crecían desaforadas, suelos de cemento mal peraltados, charcos, ratas transeuntes y jeringuillas en el suelo. Contado así parece muy todo muy gris ¿verdad? Pues no lo era en absoluto. Siempre había ropa tendida en las galerías de los pisos y bullicio de niños jugando a lo que fuera en mitad de la calle. Yo por aquel entonces estaba en ese momento en el que no había dejado de jugar, pero en el que mi mirada había aprendido a fijar la mirada en otros lugares.

Era mi último año de primaria. Por aquel entonces era un chico alto y muy delgado que jugaba a Baloncesto en el patio de la escuela. Llevaba el pelo corto, pero liso y con flequillo. Como cualquier púber tenía mi montaña de complejos. Es curioso observar que muchos de ellos aún viven en el hombre que hoy se sienta tras el teclado. Uno de los complejos que con el tiempo desapareció fue el de llevar gafas. Me las habían puesto un año antes y no me acostumbraba a ellas. Pensaba que me afeaban, y no me equivocaba lo más mínimo… Aquellas gafas eran sencillamente terribles. Mi madre me hizo heredar una vieja montura de unas que tuvo que hacer de manera eventual a mi hermano. Mi madre lo aprovechaba todo, y a pesar de que en casa nunca faltó de nada y pasábamos momentos en los que no existían las estrecheces económicas, se encargaba de encomendarse a la virgen del puño cerrado, por simple naturaleza genética y vivencial.

Mi vida en el colegio era relativamente fácil. Como no podía ser de otra manera teníamos a nuestro matón/acosador y también a los chicos grandotes que nos defendían del perla en cuestión. Yo era uno de los lumbreras de la clase y además un pelín esmirriado y con gafitas… Sí, era un blanco fácil, pero nunca fui de los que se arrugaban cuando venía el matón y te retaba al finalizar las clases en el patio de atrás… Recuerdo una vez que el que me desafió era un chico que tenía muy mala fama… pero eso es otra historia…

Volvamos dentro de las paredes del instituto, en concreto a nuestra clase, el Aula 52. Nunca me gustó sentarme en primera fila. Tampoco era asiduo a la última, esta estaba reservada para los malotes. No, yo me sentaba junto a la ventana, para así poder mirar el delta del Llobregat y ver como aterrizaban los aviones. Los días claros hasta se podía ver el mar. A mi lado se sentaba el que era mi mejor amigo por aquellos entonces y compañero de mil gamberradas, pero mi atención estaba perennemente fijada delante mío, más concretamente en la chica que se sentaba delante mío. Ella era la chica más bonita que había visto en mi vida. Tenía el pelo castaño. Antes lo llevaba largo pero su madre se lo había cortado como si fuese Mafalda. Tenía unos ojos marrones enormes, y como yo, estaba acomplejada porque el verano anterior le habían puesto gafas. Las suyas eran bonitas. De pasta rosa, lo que venía siendo lo normal en aquella época para una chica. Ella solía llevar chandal o unos tejanos y un jersey. Yo por un estilo,pero en versión chico. Por aquellos entonces nuestros padres no es que se dejaran precisamente el presupuesto en vestuario. Todas las mañanas pasaba a recogerla por su casa para ir juntos a la escuela. Luego, al acabar la jornada, la volvía a acompañar. No me pregunteis de qué hablabamos, pero no era ni de Nietzche ni de Kafka, y menos de si existía o no Dios. Tampoco hablábamos de lo que venía en la Superpop ni de los Backstreet Boys. Luego, por las tardes, cada uno salía con sus amigos a jugar. Eramos de distintas calles, y entonces los chicos y chicas, jugábamos sin mezclarnos. Ir a jugar a otra calle se consideraba un acto de traición para tus camaradas, por no hablar de que no era fácil que los de otra calle te admitiesen en su “tribu”. Si acaso alguna vez se organizaban partidos en la Plaza del Pilar, que era terreno neutral y jugábamos partidos calle contra calle, como si fueran partidos internacionales. Estos partidos a menudo tenían tintes épicos y solo se acababan cuando nuestras madres nos gritaban desde las ventanas de los pisos que habñia llegado la hora de comer.

El curso pasó lento. Recuerdo que por aquellos tiempos tenía la sensación que el tiempo discurría lentamente a la espera de hacerme mayor. Hacerme mayor era lo que más deseaba, pero por desgracia era algo que nunca llegaba. No me daba cuenta de que estaba creciendo día a día de una manera vertiginosa. Al final, el curso acabó y llegaron las vacaciones de verano. Ya no podía ir a buscarla, no. Ya no tenía esa excusa. La echaba mucho de menos. Aún no lo sabía, pero me había enamorado. Bueno… sabía que me gustaba, y que quería “salir” con ella y como no, quería besarla. No había besado nunca a una chica. Recuerdo que miraba con envidia a los actores besarse en las películas, y yo soñando cada día con besar a la chica de los ojos marrones. Dejaba mi mente volar y pasaban por delante de mis ojos un sinfín de momentos tan ingenuos como románticos.

Una tarde, aprovechando que no había nadie en casa decidí descolgar el teléfono y llamarla. Esto implicaba gran valentía, porque entonces solo existían los teléfonos fijos y la probabilidad de que fuera uno de sus padres quien descolgase era muy alta. Afortunadamente eso no pasó, y le dije de quedar esa misma tarde para ir a dar una vuelta. Ella se quedó callada sin saber que decir por unos instantes pero aceptó. Me pidió que no le picara, que nos veríamos en la puerta del cole.

Al colgar fui directo al baño y repeiné mi flequillo. También me bañé en la colonia de mi padre. Brummel, para hombres de pelo en pecho… La cosa es que en menos de 5 minutos estaba plantado en la puerta del colegio. Ellá tardo otros 5 minutos, los cuales se me hicieron eternos. Al final apareció, y tal como venía acercándose pude comprobar que ella también se había acicalado para la ocasión. Estaba muy diferente… parecía… una mujer… a pesar de su diadema rosa, el haberse pintado los labios y la raya de los ojos la hacía parecer completamente diferente. Nos saludamos con la mano y empezamos a caminar por la avenida. Al principio no hablábamos. Ambos estábamos hechos un manojo de nervios. Las vistas eran preciosas aquel atardecer. A diferencia de lo que dice Serrat, mis ojos no se acostumbraran nunca a la belleza de los atardeceres rojos sobre el Mediterraneo. Nos sentamos en el muro del mirador con las piernas colgando hacia fuera. Sin pensarlo le di la mano. Ella no la rechazó. Me miró, y me empezó a hablar. Me empezó a hablar de su vida, de las cosas que estaban pasando en su casa, de que estaba triste y de que estaba cansada de ser la niña perfecta. Yo la abracé muy fuerte y luego la besé. La besé despacio y con los ojos cerrados. Puedo asegurar que saboree aquellos labios como si no existiese nada más en el mundo. Y es que en ese preciso instante no lo había, solo estábamos ella y yo, y un magnífico atardecer.

Al final el sol se escondió y la acompañé a casa. Su portal no era lugar para besos y arrumacos, así que solo nos despedimos esbozando una sonrisa con la mirada. De ahí en adelante se repitieron unas cuantas tardes memorables, hasta que Julio acabó y ella debía marchar al pueblo de sus padres. Yo haría lo propio yendo con los míos a Andalucía. Nos escribimos bonitas cartas donde nos contábamos nuestras rutinas estivales con nuestras respectivas familias, y lo mucho que nos echábamos a faltar.
Agosto también acabó. Yo llegué justo el día de antes de que comenzaran las clases. Ese año ya no iríamos al colegio. No, ahora tocaba el instituto. De alguna manera ya no volví a ir a buscarla a casa, ni volvimos a pasear cogidos de la mano, ni nos volvimos a besar. Ya no íbamos a la misma clase, pero cuando nos veíamos nos saludábamos por los pasillos con mirada complice. Con esa mirada que nunca olvidaré…

Y bueno, pasaron los años, ella era chica de ciencias y yo de letras, y nos fuimos distanciando más y más. Vinieron nuevas historias y nuevos amores para ambos, y el tiempo pasó hasta encontrarme ante este teclado una noche de domingo en mi sofá. Escribo esto no porque me haya entrado un ataque de nostalgia, sino porque el otro día me encontré a la chica de los ojos marrones. Empujaba un carrito de bebé junto a un tipo alto, guapo y gris. Nos separaba una calzada con coches y el sentido de nuestra marcha. Yo la miré y le sonreí. Ellá también me miró, alzó la mano de manera tímida y me sonrió también. Tras pasar a su altura me giré y me quedé mirándola. Ella volvió a girar su cabeza, volviéndome a mirar. Esa mirada… Yo levanté la mano diciéndole adiós. Me giré y continué mi camino… Hasta que tropecé… esa mirada…

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