La Bella y La Bestia

Una tarde veraniega de domingo estaba tumbado en calzoncillos en mi sofá. La que era entonces mi pareja hacía lo propio en el sofá contiguo con una escasez de ropa equivalente debido a las altas temperaturas. “¿Ponemos una peli?” me dijo. Yo me puse a temblar temiendo el tener que tragarme algún bodrio digno de sobremesa de Antena 3. Por sorpresa se puso a indagar en el disco duro donde guardos una serie de pequeños tesoros del celuloide. Mi ex era bastante más joven que yo y no conocía la mitad de las películas que tenía. No había visto Casablanca, ni Solo ante el Peligro, ni La Naranja Mecánica, ni Reservoir Dogs o Pulp Fiction, las cuales yo pensba que eran películas actuales. Ni hablar de Woody Allen, ni de Cubrick y mucho menos de Hitchkock o John Ford. Clint Eastwood le sonaba a chino. Sin embargo se había visto todas las adpataciones al cine de las películas de Federico Moccia, todas las películas de la saga de Harry Potter, Crepúsculo y los Juegos del Hambre. Al final creo que vimos Pretty Woman, que en palabras del personaje de la propia Julia Roberts en la citada película es la historia de Putanieves y el principe guapo y forrado. Ha pasado el tiempo desde aquella tarde, pero me vino a la mente porque esta semana estrenan un remake de La Bella y la Bestia. Sin verla, simplemente con el conocimiento de la historia estamos en una situación de “más de lo mismo”. La película va a ser un éxito, sea como sea. El motivo es que vende ese mensajito de Disney tan naïf de que la belleza está en el interior. Evidentemente (¿hace falta decir ojo Spoiler?) La Bestia se convierte en un principe buenorro cuando la Bella lo besa. Siempre me pregunté el por qué la Bestia sufría esta transformación… si la belleza está en el interior, ¿qué falta hacía la conversión a macizorro si Bella ya estaba enamorada de Bestia? En fin, que nada nuevo bajo el sol. Siguen triunfando las historias almibaradas donde todo acaba bien. Historias fáciles donde la chica de clase baja, la loser, la que (oh sorpresa!) podrías ser tu, a la que le ocurre un imposible maravilloso. Es decir, les están vendiendo un sueño, el sueño de la felicidad inalcanzable, que vence a las rutinas del metro matutino y el café con sacarina para no engordar, porque si no no vas a entrar en esos pantalones tan perfectos que solo están hasta la talla 38 (con suerte…). Mi recomendación: Anda y que les den por donde amargan los pepinos…

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