La Marea

Cuando era un chiquillo soliamos veranear en un pueblo al sur de la provincia de Sevilla e íbamos a la playa a lugares como Chiclana o Sanlucar de Barrameda. Las playas de Sanlucar o Chiclana son Atlánticas y en consecuencia, muy diferentes a las que acostumbramos aquí en el Mediterráneo. Nunca olvidaré un día que fuimos a la playa de la Ballena. Íbamos la familia al completo, mis abuelos maternos, mis tíos, mis primos… Llevabamos de todo, menos toallas de playa. Acostumbrado a tumbarme en la toalla fue algo que me sorprendió. La cosa es que pasamos todo el día en la playa. Desayunamos, comimos… Recuerdo que mis primos y yo habíamos cogido nuestras sillitas de playa y nos habíamos apartado un poco de los adultos. Recuerdo también que mi madre me había comprado unas sandalias de plástico azul, muy típicas de la época. Las estrenaba aquel día. Recuerdo también los juegos con mis primos. Como he dicho antes, las playas del Atlántico no tienen nada que ver con las Mediterráneas. Aquellas tienen olas mucho más grandes y jugar con las olas me encantaba… y es algo que me sigue gustando… me gustaba tanto que perdí la noción del espacio y el tiempo. En un momento dado, escuche como mi abuela nos llamaba a mis primos y a mi para merendar. Llevábamos todo el día sin darnos tregua y debíamos reponer fuerzas. Al salir me di cuenta de que las sillas y la familia estaban muy muy lejos. La marea se estaba retirando y caminábamos en su contra. La fuerza con la que te engullía para dentro era tremenda y en un mal paso se me salió una de mis flamantes zapatillas azules. Me di la vuelta para intentar recuperarla, incluso llegué a zambullirme manoteando de manera desesperada esperando encontrar entre las algas y la espuma mi querida sandalia. Fue inutil. Tragué bastante agua y mi primo Moisés me tuvo que ayudar a salir. Una vez fuera mi madre me esperaba con una toalla. Yo no sabía como decirle que había perdido la sandalia y eché a llorar. Lloré desconsolado. No era un llanto de niño caprichoso. No…había algo más… mis primos merendaron y yo seguía llorando sin consuelo. Mi madre, trató de consolarme diciéndome que me compraría otras, pero no, nada podía calmar mi llanto. Nos fuimos de vuelta al pueblo en el Renault 6 blanco de mi padre. Yo apoyaba mi cabeza contra el cristal mientras las lágrimas seguían resbalando por mis mejillas. Cuando llegamos a la casa me encerré en la habitación. No quería hablar con nadie. Rechazaba todas las visitas enterrando mi cara en el colchón. Al rato, la puerta se volvió a abrir. Era mi abuelo Juan. Él era un hombre de pocas palabras. Se sento en el filo de la cama y ahuecó con su mano señalando para que me sentara a su lado. Así lo hice. Me giró la cabeza mirándome a los ojos y me dijo “un día el mar te devolverá lo que te quitó”.  Aquella tarde no volví a llorar, ni ya nunca más por nada en aquellas vacaciones. De hecho, ya nunca volví a llorar por algo que la vida me hubiera quitado, porque mi abuelo me lo dijo y tenía razón. Uno no sabe cuando la vida se lo va a devolver.

    Anuncios

    Responder

    Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

    Logo de WordPress.com

    Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

    Imagen de Twitter

    Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

    Foto de Facebook

    Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

    Google+ photo

    Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

    Conectando a %s