La calma

Barcelona, cualquier lunes laborable, 19 horas. Te levantaste a las 7am somnoliento después del fin de semana. Nada más despertar, lo único que queda en tu mente son retales de momentos que pasaron demasiado deprisa. El viernes te prometiste que este fin de semana ibas a descansar, pero al final, como siempre, te liaste y acabaste como siempre, cerrando bares y compartiendo momentos agradables con los amigos. Estás en la cama sin poderte mover del dolor, y sientes remordimientos por haber hecho aquello tan extraño que se nos suele olvidar hacer a los humanos urbanitas… Sí, vivir… Porque lo normal, o mejor dicho, lo que se considera normal, es vagar por la vida entre la rutina y el hastío… Perdone el lector si a veces me pierdo, pero es que no son horas para un señor de mi edad… ¿Dónde estábamos? Ummm, sí… en la cama entonando aquello de Mecano… Hoy-no me-puedo-levantaaaaar… El despertador lleva sonando hace rato y no paras de darle al “posponer”… Pides 5 minutos más como quien pide clemencia. Ya no te duele el cuerpo, a estas alturas lo que te duele es la vida. Pero en fin, uno se levanta, no sin ser consciente de que hoy uno llega tarde como dos y dos son… joder… no soy capaz ni de sumar… Como la prota de embrujada, muevo mi nariz y estoy vestido y aseado y listo para irme a trabajar. Me subo a la moto y hay tráfico de lunes, es decir, todos los imbéciles del mundo mundial han decidido cruzarse en tu camino. Tras estar al borde de tres infartos y una muerte por colisión llego milagrosamente al trabajo. Veo mi mesa, y me pongo a llorar, sin consuelo alguno. El fin de semana hizo que desconectara de la cruda (puta) realidad. Enciendo el ordenador y me quedo catatónico frente a la pantalla. 257.931 mails pendientes de leer. Apoyo mi cabeza sobre la mesa y mi se me cae la baba. Sigo llorando. Suena el teléfono. Atiendo la llamada. Suena el teléfono. Atiendo la llamada. Suena el teléfono. Estampo el teléfono contra la pared. Miro la mesa. Esta llena de papeles. Me voy al bar a desayunar. Lloro. Me como un bocata y un te. Pienso que la vida es maravillosa. Vuelvo al trabajo. Vuelvo a mirar la mesa. Vuelvo a llorar. Miro el cutter y pienso en cortarme las venas. Pienso en la chica de la limpieza y lo que tendría que limpiar la pobre. Me maldigo por ser tan empático. Empiezo a trabajar ( de verdad, palabrita). El día pasa y no sabes como las horas van cayendo. Soy un puto autómata sacando faena. No pienso. Si pensara no podría seguir, no podría soportar el peso de un jodido lunes más. Como una piedra que rueda por una colina me deslizo entre bostezos hacia el final de la jornada. Ha sido un día de mierda. Ha sido un día de mierda más. Me enfundo el casco y me subo a la moto. Abro gas y dejo el trabajo atrás. Miro por la visera y el cielo está rojo. Ya se ve la luna y respiro. Respiro profundamente. Ya se acabó, ya solo quedamos tu y yo, aunque no estés y aunque tú no lo sepas. Después de todo solo quiero pensar en ti. Es la única recompensa que espero y lo único que me hace recuperar la calma.

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