Tenemos que hablar

La escena ya ha huido de nosotros y está en nuestras mentes. Era de noche, en un taxi de esos híbridos a los cuales no se les oye el motor. Hacía calor, y el aire acondicionado estaba a tope, pero tu decidiste bajar la ventanilla. El taxista te miró con cara de desaprobación pero calló. Supongo que es de los que piensan aquello tan manido de que el cliente siempre tiene razón. No habías bebido pero estabas con la mirada perdida en algún punto de la ciudad indeterminado. Sacaste la cabeza fuera del vehículo para que te diera más el aire y el viento desmadejo tu melena. Cerrabas los ojos y te imaginabas en cualquier lugar menos allí. Cerrabas los ojos, bien fuerte, e intentabas recordar como empezó todo, sin éxito aparente. Cerrabas los ojos porque el mundo ya no era suficiente y tenías que escapar a otros lugares fuera de tu cuerpo. Te abandonabas mientras cerrabas los ojos y te empezaba a doler la cabeza. Solo volabas con el aire caliente y escuchabas el sonido de la ciudad de noche. Sí, ese falso silencio, en el que la aparente calma esconde un sinfín de circunstancias e historias. La sirena de una ambulancia clamando por la vida de uno de sus pasajeros, los gritos de una pareja que discute en un portal que pronto va a dejar de ser pareja y que escenifica la ceremonia de su fin, los llantos de un bebé que tiene hambre y además no encuentra consuelo para el dolor que le causan sus incipientes dientecillos abriéndose paso por sus jóvenes encías, un motorista que cabalga la ciudad con gran estruendo camino de una cita amorosa ilegítima… Tu los oíste a todos, y les hablaste en silencio, y quiero creer que ellos te escucharon a ti… Escuchaste la desesperación, escuchaste la ira, el dolor y la lujuria, pero no supiste encontrar entre todos los sonidos de la ciudad el sonido del amor. Una lágrima caía por tu mejilla siendo arrastrada por el viento. Se hacía temprano y el taxi se acercaba a su destino. Metiste la cabeza para dentro y subiste la ventanilla. Te recompusiste y te erguiste en el asiento. Te atusaste el pelo apartándolo cuidadosamente a un lado. Me miraste y me dijiste de manera sonora. “Tenemos que hablar”. Me miraste furtivamente, y de una manera muy triste agachaste avergonzada la mirada. En ese momento supe que no hacía falta decir nada más…

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