El incendio

Primero estaba la leña seca. Combustible necesario y creado con el único fin de arder. Dos almas despojadas de amor propio y con ganas de volver a ser. Años de incomprensión y carencia de lo que debería ser el amor. Ausencia de caricias, abrazos y besos, música fúnebre para corazones rechazados.

Luego vino la chispa. La que todo lo empieza y se confunde en el todo. Insignificante en si misma, demoledora en sus consecuencias. Un mensaje, una palabra quizás… Neuronas conectándose a la velocidad de la luz produciendo explosiones en el cerebro, desatando una explosión de pensamientos acelerados y desbocados.

Y llegó el incendio, con la ingente combustión. La destrucción por contagio. Crepitando, explotando, quemando, ardiendo. Almas exacerbadas. Cóctel de ardor que se eleva hasta los infiernos. Verdad desatada. La lucha perfecta. Lo malo y lo bueno en batalla fraterna. Los platos rotos. Los sueños que se pierden por no amar ni en sueños… Gritos, avalanchas, sangre por los suelos. El peor de los pecados permitidos.

Y al final no quedó nada, solo las cenizas, y el silencio. Y unas pisadas marcaban el camino entre los rescoldos que aún quedaban ardiendo. El saber que todo se ha perdido. El entender que somos tan pequeños. El mirarnos a los ojos y comprender que no supimos parar. El vaso de agua vacío. Las negras plumas del cuervo. La mirada clavada en el infinito y el vacío de unos ojos que han muerto. La ciudad vacía. Volver a vernos. La canción de las camas vacías. El incendio.

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