Las estrellas

Brillaban las estrellas como nunca y como siempre, eternas y frías, incrustadas como joyas en el lienzo oscuro de la noche, temblorosas, y bajo ese cielo no cabía otra cosa que no fuera pensarte. Pensaba que las estrellas que me cubrían eran las pecas que adornaban tu piel y podía sentir hasta como la brisa se colaba entre los rizos de tu pelo. Y te pensaba y no podía dejar de pensarte ni un solo segundo. Y no es un querer, es casi una condena, algo que no podía evitar. Y me imaginaba cada vez más pequeño y perdido, devorado por un infinito aterrador, por ese abismo imposible que nos dimensiona. Y no es por el miedo a caer, porque ya toqué el fondo hace tiempo, sino por todas las veces que te pensé y sentí como te clavabas en mi, sin intentarlo, sin quererlo, como acariciándome el corazón, pero resquebrajando cada centímetro de mi ser.
Y las estrellas brillaban, como siempre, como nunca, y mis besos callaban los ladridos de los perros y el rugir de los motores, y mis manos te acariciaban con los ojos cerrados, como un ciego que descubre la perfección con el tacto, y abrí los ojos y no estabas y dolía tanto que las navajas afiladas brillaban de reflejos de espanto. Y nunca había amado tanto la vida, nunca había querido tanto, que las estrellas de la noche nunca hubieran querido ser, si les hubieran dado elegir ser tu manto. Y yo me quedo sentado en el banco viendo la noche, esperando a nada, quizás soñando que miras al cielo y miras la misma estrella que yo… soñando…

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