Lejos

El hombre del espejo no daba buenas sensaciones. Su barba crecía tal y como pasaban los días, contando las lunas desde el día en el que todo ocurrió. Echaba la vista atrás y sus ojos le decían que nunca el tiempo pasado pudo ser peor y miraba hacia el frente y no podía creerse, pensando que el futuro traería el vino y las rosas que tanta veces la suerte le negó. Se queda solo, escondido en la penumbra pues ya sus ojos no quieren ver el sol. Todo se pierde entre el asfalto y las vías y busca consuelo para calmar el dolor. Y la luna se escapa de su cielo mientras piensa su mirada en el silencio, tan lejos, tan perdida como su voz. Y se queda mirando una pantalla en negro sentado en el sofá, descontando una vida que sin su voz había perdido sentido. Las mañanas eran concesiones al despertador. Las tardes dosis de angustia que destroza las risas perdidas y las noches son el puro templo del luto, del silencio amargo del que se sabe perdido. Y a veces se miente y la guarda en el olvido y vuela hacia las flores de la locura del azar, y sin perdón, a la mañana siguiente la vuelve a buscar cuando sin remedio el despertador vuelve a sonar. Y decidle al hombre del espejo que no esté triste, que en la vida no hay mal que cien años dure, si… podéis hacerlo, pero mejor os guardáis los tópicos para una ocasión mejor. No hay consuelo para el que marcha lejos de quien amó. Y Pasarán mil noches más y se escribirán cien mil canciones, nos beberemos los días y abrazaremos nuevos soles, pero esa mirada y esa voz… esa voz no hay quien la borre…

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