Escapar

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Hoy me sentí tan a tu lado que me tenía que escapar, y sin pensar huí tan lejos que costaba encontrarse. No era cosa de un día… Yo andaba tan perdido que ni querer podía y buscaba excusas para aferrarme a tu recuerdo. Y pasé por el camino, tan lentamente, que casi podía olerte. Y metro a metro, kilómetro a kilómetro, me alejaba de ti, pero me acercaba más a ese ninguna parte que tanto tiempo anduve buscando. Pasé por encima de los ríos y sobrevolé los bosques sombríos. Había nubes, como de costumbre, pero no más que en la gran ciudad. Allí el cielo plomizo nos tapaba el norte y no nos dejaba ni soñar. Aquí hay muchas estrellas, tantas que no tengo ni idea de cuál es la estrella Polar. Tampoco necesito ir más lejos. El frío de la noche me ayuda a hacer transitable este silencio tan apabullante. Cuando hablo del silencio en la ciudad, no hablo de un silencio real. Siempre gotea algún grifo o pasa una moto por la avenida o algún borracho da la nota más de la cuenta. Aquí no. Todo parece tan calmo que hace imposible la ansiedad. Es como si hubieran envasado mi vida al vacío. Afortunadamente, las tempestades quedaron fuera, y este silencio, que siento tan nuestro, me invita a descansar y me mece dulcemente, como una madre acuna a su bebé contra su mullido pecho. Y no es que no te olvide, ni que ya no te quiera, simplemente, es que este silencio hasta los sentimientos enmudece…

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