Días de borrasca

Los rayos caen sobre el mar y los truenos nos estremecen. Yo estoy mirándolo a lo lejos viendo como la tormenta se acerca y viene a cubrir nuestras vidas. Empieza con una leve gota que te acaricia la nariz para poco a poco ir creciendo y calarte hasta los huesos, y lo peor, que parece que no va a terminar nunca. Aguantas impasible al temporal mirando al cielo, dejando la lluvia caer sobre tu cara, movido por la tristeza y el desprecio al pasado que nos moldeó, renegando, de algún modo, de los caminos andados, al borde del precipicio que marca tu corazón… Y sí, las gotas que te golpean con furia la cara son como pequeñas bofetadas por todos los momentos en que no llegaste a ser lo que tu mismo esperabas de ti. El nivel de autoexigencia no comprende ciertas alegrías, y menos entiende de ñoñerías. Nos dejamos llevar por la corriente a ver dónde nos guía, y si el tiempo lo permite, sin darnos cuenta, la tormenta se fue, la borrasca se esfumó. La ropa mojada se secará y el frío se irá cuando nos caliente el sol. Donde ahora está el fango crecerá la verde hierba donde poder tumbarnos a descansar, a tomar el sol y recargar nuestras venas para vivir otros días mejores. Nos levantaremos, sin dudarlo, y olvidaremos el frío. Se nos agrietará la piel, pero no nos daremos cuenta, pero aún así esta se endurecerá… Hasta que vuelva a recordarte y los rayos vuelvan a caer sobre el mar, y los truenos, de nuevo, nos estremezcan. Hasta la próxima tormenta, hasta que lleguen de nuevo los días de borrasca…

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