Segundo Asalto

El primer asalto había sido duro, pero por suerte, me salvó la campana. El balance de daños constaba de un ojo amoratado y la mandíbula desencajada, más una serie incontable de hematomas.Esperaba sentado en mi rincón, con la mirada clavada en ti, sentada al frente en la otra esquina. La muchedumbre que abarrotaba el local gritaba alborozada. Ante ustedes el espectáculo más triste de todos los tiempos. Yo vivía ajeno a toda aquella estridente algarabía. Era inmune tanto a las palabras de ánimo como a los insultos. La chica del cartel se contoneaba paseando el número dos por todo el ring dificultándome el poder verte. Tu mirada estaba clavada en la mía. No veía rabia en ella, tampoco temor… quizás incredulidad…
Al fin, sonó de nuevo la campana y comenzamos de nuevo a bailar sobre la lona. Lanzaste un par de directos que esquivé de milagro. No lograba reaccionar. Tampoco quería, tan solo esperaba encajar los golpes con cierta dignidad. Primero al torso, después buscaste la mandíbula. Junté los brazos para cubrirme -mecanismo de defensa-. Al final, arrinconado contra las cuerdas, me diste el golpe de gracia y caí a plomo sobre la lona. Se hizo el silencio para mi. El árbitro golpeaba el piso iniciando la cuenta atrás. Diez, Nueve, Ocho… No hay respuesta. Abro un ojo y te veo. Me miras desde arriba pero no levantas los brazos en señal de victoria. Podrías, pero no lo haces. Como yo, sabes que no hay vencedor en este segundo asalto. Ahora toca curar las heridas. Por favor, vuelvan los púgiles cada uno a su rincón.

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