Terremoto

Repasando el catálogo de desdichas y fracasos vitales -todos tenemos el nuestro- me he puesto a recordar mis terremotos, y en vez de regodearme en los movimientos sísmicos en sí, me he fijado en como ha quedado el balance de daños posterior tras cada sacudida. La conclusión es que a base de tortas se aprende, y a pesar de la tendencia estúpida a darnos de bruces contra el mismo muro, me he dado cuenta que cada vez las fracturas y desperfectos son menores y más asumibles. Y con ello no quiero decir que ahora sienta menos, sino que de alguna manera mi piel se asemeja más a la de los elefantes. Ojala aprendiera igual en todos los ámbitos de la vida, y también mi memoria fuera paquidérmica…
Esta reflexión viene para tranquilizar a varios de mis lectores, que cada vez que ven atisbos de crudeza en alguno de mis escritos se preocupan de inmediato por mi estado anímico.
En primer lugar, aclararos que el falso John Boy está perfectamente, y que le queda cuerda para rato. Los viejos rockeros nunca mueren, así que permitidme que me vuelva a tropezar, y que, por supuesto me vuelva a levantar, y si de los nuevos terremotos, que vendrán, salen historias, cuentos o poemas, que bienvenidos sean. Me pregunto si no sufrió Lorca escribiendo Llanto por Ignacio Sánchez Mejías:

La sangre derramada.

¡Que no quiero verla!

Dile a la luna que venga,
que no quiero ver la sangre
de Ignacio sobre la arena.

¡Que no quiero verla!

La luna de par en par,
caballo de nubes quietas,
y la plaza gris del sueño
con sauces en las barreras

¡Que no quiero verla¡

Que mi recuerdo se quema.
¡Avisad a los jazmines
con su blancura pequeña!

¡Que no quiero verla!

La vaca del viejo mundo
pasaba su triste lengua
sobre un hocico de sangres
derramadas en la arena,
y los toros de Guisando,
casi muerte y casi piedra,
mugieron como dos siglos
hartos de pisar la tierra.

No.

¡Que no quiero verla!

Por las gradas sube Ignacio
con toda su muerte a cuestas.
Buscaba el amanecer,
y el amanecer no era.
Busca su perfil seguro,
y el sueño lo desorienta.
Buscaba su hermoso cuerpo
y encontró su sangre abierta.
¡No me digáis que la vea!
No quiero sentir el chorro
cada vez con menos fuerza;
ese chorro que ilumina
los tendidos y se vuelca
sobre la pana y el cuero
de muchedumbre sedienta.
¡Quién me grita que me asome!
¡No me digáis que la vea!
No se cerraron sus ojos
cuando vio los cuernos cerca,
pero las madres terribles
levantaron la cabeza.
Y a través de las ganaderías,
hubo un aire de voces secretas
que gritaban a toros celestes,
mayorales de pálida niebla.
No hubo príncipe en Sevilla
que comparársele pueda,
ni espada como su espada,
ni corazón tan de veras.
Como un rio de leones
su maravillosa fuerza,
y como un torso de mármol
su dibujada prudencia.
Aire de Roma andaluza
le doraba la cabeza
donde su risa era un nardo
de sal y de inteligencia.
¡Qué gran torero en la plaza!
¡Qué gran serrano en la sierra!
¡Qué blando con las espigas!
¡Qué duro con las espuelas!
¡Qué tierno con el rocío!
¡Qué deslumbrante en la feria!
¡Qué tremendo con las últimas
banderillas de tiniebla!
Pero ya duerme sin fin.
Ya los musgos y la hierba
abren con dedos seguros
la flor de su calavera.
Y su sangre ya viene cantando:
cantando por marismas y praderas,
resbalando por cuernos ateridos
vacilando sin alma por la niebla,
tropezando con miles de pezuñas
como una larga, oscura, triste lengua,
para formar un charco de agonía
junto al Guadalquivir de las estrellas.
¡Oh blanco muro de España!
¡Oh negro toro de pena!
¡Oh sangre dura de Ignacio!
¡Oh ruiseñor de sus venas!
No.

!Que no quiero verla!

Que no hay cáliz que la contenga,
que no hay golondrinas que se la beban,
no hay escarcha de luz que la enfríe,
no hay canto ni diluvio de azucenas,
no hay cristal que la cubra de plata.
No.

!Yo no quiero verla!

No me direis que no es desgarrador… Lógicamente no intento compararme ni por asomo con Federico, pero si quiero entrar en la reflexión de la relación del dolor con la mejor poesía. Así a vuelapluma me vienen las Nanas de la Cebolla de Miguel Hernández o Los 20 poemas de amor y una canción desesperada de Pablo Neruda. Emocionan porque están escritas con las entrañas. Son sentimientos auténticos, puros, que vienen directos desde las vísceras del escritor. Yo, desprovisto del talento de estos tres grandes fenómenos de la literatura entrego en mis post exactamente lo mismo. Ellos eran libres ante un papel y yo lo soy delante de la pantalla, dejando que las emociones se adueñen de la habitación y ellas solas hagan mover mis dedos por el teclado. Siempre es así y espero que siempre así sea. Nos vemos en el próximo terremoto.

El falso John Boy

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