Los restos del naufragio

Navegaba yo por el mar y el viento y la lluvia arreciaban. Era fuerte el oleaje y roto el mástil de la mayor, aguardaba mi destino en la negra noche. Inevitablemente, la nave fue contra las rocas, golpeándome la cabeza terriblemente en un intento de enderezar el rumbo.

El amanecer fue plácido. El sol acariciaba mi piel desnuda. Estaba acostado en una cama de arena y el agua me hacía cosquillas en los pies en su incesante vaivén de idas y venidas. Ahora, el mar y yo, estábamos en calma. Estaba desorientado, como si de una gran resaca se tratase. Trataba de recordar lo vivido, pero sólo tenía en mi cabeza la negritud de la noche. Nada más…

El sol comenzaba a agredir mis ojos, así que me incorporé y tuve por primera vez conciencia del lugar y de lo ocurrido. Estaba en una playa. No, no imaginéis un paraíso, o quizás si, pero no el que sale en los folletos de las agencias de viajes. Era un playa larga, rodeada de dunas, y si, desierta. A mi alrededor había restos de madera, útiles de pesca y un baúl desvencijado.

Medio arrastrándome me dirigí hacia él y me dispuse a abrirlo. Antes de hacerlo dudé. No sabía si debía hacerlo, pues en aquel momento no recordaba nada y me daría de bruces con una seríe de respuestas a un sinfín de preguntas que no había tenido tiempo ni siquiera a formularme. Así que aparté mis manos de aquel viejo baúl y me senté a su lado, mirando hacia el mar con los ojos clavados en el horizonte. “¿Quien soy?” Me preguntaba, y no conocía la respuesta. Pero lo peor era que no sabía si quería conocerla. Y si descubría que lo que soy, o al menos lo que era, me decepcionaba. Quizás era un vendedor de seguros con mujer e hijos que vivía en un adosado y que había salido a pescar para escapar de mi insufrible vida. O tal vez era un delincuente pirata que se dedicaba a pasar droga por el estrecho, o siquiera un humilde pescador que vivía solitario y triste en una desvencijada casa… Y así mil personajes más iban desfilando por mi mente, intentando construir una personalidad y un pasado para un yo que en aquel momento estaba inmaculado e impoluto como un lienzo en blanco. Si he de ser sincero la idea del hombre del traje gris que vendía seguros me horrorizaba. Las otras opciones tampoco me acababan de llenar… A todas les veía alguna pega, ninguna vida imaginable era como la que hubiera deseado desear. Y así, mi duda se hizo aún más grande. Debía abrir el baúl y descubrir lo que había dentro o debía dejarlo allí, como lo que era, los restos de un naufragio que me habían dado la oportunidad de empezar desnudo, una nueva vida, y construirla, desde la nada y hacerla crecer a mi antojo…

La tarde caía y el horizonte parecía cada vez más lejano hasta que se hizo rojo. Después vino la noche y con ella su manto de estrellas. Exhausto me dormí y me desperté. El baúl ya no estaba. Tampoco estaba en  la playa ni  estaba desnudo. Estaba en una cama cubierto de mantas. moví mi mano hacia el costado y descubrí que a mi lado no yacía nadie. Una mueca de sonrisa me vino a la cara… Menos mal, pensé…al menos no vendo seguros…

 

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5 thoughts on “Los restos del naufragio

  1. Bueno, Kafka trabajaba en una empresa de seguros. Bien hay que decir que él detestaba aquel trabajo y que su obra creció a pesar de aquello. Sin embargo, podemos preguntarnos si la obra del escritor de Praga hubiera sido la misma sin haber sido gestor de seguros. ¿Hubiera sido lo mismo el universo burocrático, ominoso, gris y opresivo en que se desenvuelven sus relatos? ¿No fue necesaria su profesión para dar a luz las parábolas visionarias más certeras sobre el hombre del siglo XX?

    Hay un poeta que se llama Vicente Gallego que ganó un premio de poesía con un libro titulado “Santa deriva” cuando él era empleado en un vertedero municipal donde pasaba horas y horas del día y que él aprovechaba escribiendo versos.

    Hasta un abogado -y mira que lo pongo difícil- puede escribir y crear un mundo propio y original.

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